Ranas y Sapos

Sapo
Sapo

Las ranas y los sapos han sido protagonistas de numerosos mitos y leyendas, muchas veces, como animales venerados o de buen augurio, y otras veces, como seres poco agraciados y despreciados. Siendo parte de la mitología o estando en el campo de la metafísica, existen en la actualidad numerosos mitos y leyendas que reconocen a los sapos y las ranas como seres malignos o mágicos. Muchos de estos mitos y leyendas hacen que este grupo de animales sea rechazado y genere un desprecio injustificado, lo cual ha generado cierta preocupación en términos de conservación de algunas especies.

En el antiguo Egipto, las ranas se relacionaban con Herit, la diosa de la concepción y el nacimiento. Además, en estas tierras influenciadas por el majestuoso Nilo, se vivenciaba un fenómeno natural consistente en la aparición de miles de renacuajos unos días antes de la crecida del río, crecida que los campesinos esperaban con ansias para sus sembrados. Por esta razón la rana era considerada un augurio de abundancia.
Según la mitología celta, muchas hadas y elfos se convierten en ranas y sapos a fin de poder interactuar en las diferentes dimensiones cósmicas y así adquirir habilidades para curar las enfermedades comunes que afectaban a mujeres y hombres.

En la cultura china, las ranas representan la inmortalidad. Por esta razón, en China se pueden encontrar amuletos o representaciones de ranas como un símbolo vinculado con la luna y asociado con la longevidad y la salud.

En América, estos animales también fueron importantes, tanto en la cultura Maya, como en la cultura Inca. El croar de las ranas se asociaba con la llegada de las lluvias. Los Mayas creían que unos anfibios de color azul (Rhynophrynis dorsalis) eran la representación de los ayudantes de Tláloc (Dios Azteca de la lluvia), los Tlaloques, y en cada fiesta de la veintena de Tozoztontli (tercer mes del calendario Azteca), eran sacrificados y posteriormente asados.

(Tal vez, de estas culturas, se haya heredado el “Parece que va a llover, está cantando el sapo”, que solían repetir nuestras abuelas. Y científicamente se ha comprobado que algo de razón tenían. Los anfibios dependen de las lluvias para su reproducción, básicamente porque los renacuajos necesitan agua para completar su ciclo y convertirse en una rana o sapo adulto. Los anfibios detectan cambios en las condiciones del tiempo (temperatura, presión atmosférica y humedad), y cuando advierten que se acerca alguna lluvia, su actividad aumenta. Salen de sus refugios a alimentarse y prepararse para este esperado evento, incluso algunas especies comienzan a cantar y a migrar hacia sus sitios reproductivos. Tras la lluvia que ellos tan eficazmente predicen, ocurre la reproducción en lagunas, charcas, arroyos, etc., con la seguridad de que habrá agua suficiente para que los renacuajos se desarrollen en buenas condiciones. En este caso, no hablamos de un mito o leyenda sino de un viejo dicho basado en atentas observaciones del ambiente que rodeaba a nuestros abuelos.)

Fue en el Primer Testamento donde se introdujo a las ranas dentro del concepto de “plaga”. Y fue en el mismo Egipto que veneraba a la diosa Herit, donde el Dios de los cristianos mandó “siete plagas”, siendo la segunda de ellas una lluvia de ranas.

San Cipriano, en el libro de su historia como hechicero, dice que el sapo tiene una gran fuerza mágica invencible desde el momento en que es la comida que Lucifer da a las almas que están en el infierno. Por esta razón pueden hacerse con el sapo los encantos y hechizos que se recogen en diversos tratados de magia popular.

En Sudamérica, una leyenda guaraní cuenta que Añá (el Dios malo) trató de imitar a Tupá (el Dios bueno) quién había creado al picaflor. Creó entonces una nueva criatura. Pero los resultados no fueron los esperados. Añá había creado al Cururú o sapo buey (curu: sarna y rurú: hinchazón (Rhinella schneideri)).
Se ha repetido desde tiempos inmemoriales que tocar la piel de un sapo (o su orina) puede producir verrugas. Esto es totalmente falso, ya que, las verrugas son producidas por un virus que actúa solamente sobre la piel de los humanos y no es portado por los anfibios. Es cierto que, para capturar a sus presas (en su mayoría insectos), las ranas y los sapos proyectan muy rápidamente la lengua fuera de la boca, pero eso no quiere decir que escupan y mucho menos veneno. Además, sabemos que las toxinas que producen las glándulas del cuerpo de la mayoría de los sapos y ranas son ofensivas solamente para sus depredadores, por ejemplo, para los gatos y perros que a veces deciden que un sapo es un buen aperitivo. Por lo tanto, a menos que decidamos almorzar sapo vivo, estamos a salvo de sus toxinas. Cuando los tocamos, basta con que nos lavemos las manos y vamos a estar seguros.

(Existen algunas especies, en general de vivos colores, cuyas secreciones cutáneas pueden ser altamente tóxicas. Hay especies de diferentes familias y en distintos lugares del mundo, pero las más conocidas son las llamadas “ranas dardo venenoso” pertenecientes a la familia Dendrobatidae de Sud y Centroamérica. Estas ranas poseen secreciones que eran usadas por los habitantes de las selvas tropicales americanas para envenenar dardos y flechas empleados en la caza.)

También existe la creencia de que colocarse un sapo (Bufo Arenarum Hansel) atado con un pañuelo contra la mejilla es útil para calmar el dolor de muelas. Esta suposición proviene de la edad media, y fue importada por los conquistadores e inmigrantes. Esta creencia tiene su base científica: la piel del sapo, (aparte de las parótidas que segregan una substancia blanco-lechosa espesa muy urticante que sirve para disuadir a sus predadores pues si lo muerden les irrita sobremanera la mucosa bucal), y en especial la del abdomen, segrega una substancia de formula muy semejante a la aminas simpaticomiméticas (adrenalina y noradrenalina) que son vasoconstrictoras (entre otras acciones fisiológicas), por eso, al agarrar un sapo parece frio debido a la vasoconstricción que produce. Colocado el sapo en la mejilla, sobre la zona afectada, se absorben las aminas simpaticomiméticas a través de la piel de la cara y produce vasoconstricción, reduciendo el edema que comprime al nervio y que es lo que produce el dolor.

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